viernes, 28 de junio de 2013

₰ Experiencias en el Paraíso Terrenal – Shark: Diario [ Entrada: I ]



Como escribir un diario es una puta mierda, y mi vida es de todo menos relajada, escribiré cuando me dé la gana (lo que se traduce en «cuando tenga tiempo y me apetezca ponerme a ello») sobre lo que me dé la gana (lo que se resume en contar los hechos más importantes de mi vida humana), y punto. Pero punto… Final. 

Que qué ha pasado estos días… Madre mía, la hemos liado parda. Para empezar, conocimos a Ginna. Un día, en un bar, tratando de ahogar mis penas en una botella, se me acercó una fulana. De encontrar y leer alguien mis escritos algún día, dirá: qué vocabulario; yo podría responder, las cosas por su nombre, que son como son… Y SI NO, NO LEAS, CABRÓN.

…Prosigo. El caso es que no soy muy dado al contacto, y el roce de la chica me estaba enervando. Sin embargo, como por arte de magia, Ginna apareció y… digamos que me defendió. Echó a la otra mujer, salvándole la vida, y luego se sentó a mi vera. No pude más que agradecerle el gesto invitándole a una copa, y ella me compensó yéndose de la lengua. No sé si el plan inicial ya era entrarme de esa manera, pero el caso es que habló gustosa de su situación en la Tierra. Yo ya me había imaginado que ella no era normal… Es lo que tenemos los chuchos, esas cosas nos resultan de lo más visibles, pero el caso es que, aún así, me sorprendió: una sombra. Era una jodida sombra.

Recelé de inmediato, pero ella acalló mis dudas con más información: la muchacha era un ente infernal, alistado en el ejército, que había venido al mundo terrenal para hacernos de niñera a Klay y a mí. Suena de lo más estúpido, lo sé, sobre todo teniendo en cuenta que nos podemos cuidar solos me puedo cuidar solo. Supongo que por eso, tras llevarle a casa para conocer a mi hermano, se hizo más afín a este que a mí. Desde que se conocieron está muy protectora con Klay, y apuesto a que él se lo agradece en sobremanera, sobre todo desde que su enfermedad ha empeorado: necesita a alguien. Ya discutimos una vez porque ese alguien era yo, así que supongo que Ginna ha acabado haciendo mejor mi trabajo.

Es por ello que, mientras esos dos tortolitos afianzaban su relación, yo, que no tenía nada mejor que hacer, decidí viajar y largarme de Rusia. No me despedí. Recuerdo que, de hecho, la última noche la pasé a solas con Ginna. Tan solo le hice prometer que cuidaría de Klay. Tonteamos en el servicio, y al final acabó bañándome. Por qué, claro, pregunta de lo más corriente y, en este caso, con fácil respuesta: era mi cumpleaños (treinta y tres años humanos ya, tío, cómo se las trae Cronos), y me había puesto perdido de polvo. La cuestión es que yo le dije que me echara uno, pero claro, iba con segundas y no era literal. La muchacha, no obstante, supo cómo aprovechar la ocasión. Eso no implica que nadie ganara o perdiera, pero digamos que yo también sé jugar y, tras mancharme, terminó desnudándome, masajeándome la espalda y lavándome el pelo. El cuerpo me lo lavé yo, aunque fue extraño: lo primero que pillé para hacerlo fue el champú que Ginna usaba en mi cabeza, así que me enjaboné con eso. La piel se queda de lo más suave, recomendado. El caso… es que estuvimos hablando. Me lo pasé bien aquella noche, y Nana (así llamo yo a la niñera cuando me da) consiguió arrancarme alguna que otra carcajada y más de una sonrisa. Por este motivo, terminé diciéndole que, bueno, digamos … Agh, palabras textuales: «Te aprecio todo lo que podría permitirme apreciar a alguien». Creo que le gustó, no sé, no soy muy dado al trato con nadie, pero me respondió de igual forma. Sienta… bien, digamos, que creyéndote un estorbo en un sitio te digan que las cosas van bien, pero eso no me impidió marcharme, con tan solo una mochila y mal hecha, al alba del día siguiente.

La cuestión es que no podemos dejar de trabajar: hay que buscar y encontrar las piezas de Satán, y hay que hacerlo cuanto antes para que no sea el otro bando el que gane. Cuando me fui de casa (y, voy a reconocerlo, la eché de menos), en mis viajes conocí a mucha gente… alguna más interesante que otra, por supuesto. Por destacar a alguien, nombraré a América. Es… bruja. Pero digamos que no una bruja… bueno, digamos que no como yo me la imaginaba. En nuestro viaje, que relataré más adelante (quizá otro día, que hoy tengo tantas cosas que contar…), me preguntó cómo imaginaba a una bruja. Ella es… Joven. Una adolescente de pelo morado, muy enérgica y con ganas de aventuras. Nuestra… ¿amistad? relación comenzó porque yo, aburrido de la vida, le dije, tras mucho insistir, que no me importaría correr una aventura con ella, y así fue: me llevó en busca del fénix azul. Es extraño, porque yo sabía de otras criaturas, tales como licántropos (mis favoritas, aquellas con las que me siento más identificado), pero jamás me había parado a pensar en un encuentro con una de ellas. En fin, he dicho que esta aventura, junto a otras muchas que se sucedieron en mis viajes solo, la relataría más adelante y en condiciones; solo nombraba a la chica por su pregunta, y esta fue: «¿Cómo te imaginabas a las brujas?». Mi respuesta fue precisa: como Iset. «De uñas largas, mirada ardiente, con impulsos para hacer el mal y un humor de perros». Lo del humor de perros iba con segundas, por supuesto, pero no esperaba que lo entendiera. Lo cierto es que no sé el porqué de aquella respuesta, pero estoy por dar por sentado… que jamás lograré superar lo de Ama.

Mis idas y venidas se complicaron llegados a un punto en concreto, y este fue la persecución de un mandado de Dios. Supuse que tendría alguna pista para encontrar alguna pieza del puzle de las deidades, y fui tras él. No debí hacerlo muy bien, al menos tras pasar la primera semana, porque una noche, mientras acechaba, me tendió una trampa. Creo que lo que sucedió fue a causa de mis noches en vela, pero como no soy de poner excusas, simplemente diré que no peleé todo lo bien que podría haberlo hecho. ¿Que gané? Sí. ¿Que lo maté? También. La cuestión es, sin embargo, que salí mal parado. Para empezar, el otro no tenía pista alguna del paradero del tesoro, y estaba tan perdido como yo, y tras eso, no salí indemne de la pelea, me dejó mal herido. Es por ello que dejé atrás ese bosque para encaminarme como pude hacia la ciudad más cercana. Una vez allí, pillé una habitación, y comencé mi rehabilitación. Estuve cerca de un mes sin salir apenas de mi cuarto, habilitado también con un baño, por lo que solo me iba de mi refugio cuando tenía ganas de comer. Pasado un tiempo, comencé a salir en busca de almas. Digamos que, simplemente, lo necesitaba. Puedo nutrir mi cuerpo de alimentos humanos, pero mi alma de sabueso infernal siempre tiene sed de ánimas, y me fuerzo a satisfacerla de vez en cuando.

Aquella noche… digamos que me llevé una sorpresa, y aún estoy decidiendo si fue para bien o para mal: me crucé en el camino de otro mandado de Dios. La cuestión es que yo, recién salido de la recuperación de la pelea con el otro, lo último que quería era volver a enzarzarme con alguien, pero no me hizo falta. Ella… y sí, ella, era un ángel, pero no un ángel cualquiera: era el primero que yo veía, y también el primer mandado de Dios con apariencia femenina que conocía. Su presencia… es extraño, porque me producía repulsión al tiempo que… ¿fascinación? Así pues, picado por la curiosidad, la seguí, y llegamos a entablar conversación. Bueno, ella entabló conversación, yo solo se la seguí. Nos presentó, y también a su… mono. Sí, porque tiene un mono. Hay gente que cuida de caimanes, a mí no me miréis. La cuestión, que tenía un maldito mono, llamado Shon. Ella, Hayley. En apariencia me recordó mucho a otra muchacha, Yasmín, una vampiresa bastante… desagradable en muchos aspectos (me compara con su difunto marido…): la melena de ambas era blanca como la nieve, y larga como una lengua de la misma. Más tarde, la misma Yasmín se encargaría de cortársela a la otra (apuesto que por celos, pero en fin, no soy un experto en mujeres), y con ello se acabarían las semejanzas con mi Hay.

Llegué a hacer un pacto con ese ángel: acababa de aterrizar en la Tierra, así que conocía más bien poco el entorno en el que se encontraba, y eso me daba ventaja. Le ofrecí ayudarle en aquel paraíso terrenal a cambio de que tanto ella como su... ¿mascota…? me ayudaran con las piezas de las deidades. Ella también las busca, y digamos… que tuve un pálpito. Vamos a ir a Rusia, y le presentaré al grupo. Además, yo siempre voy sobre seguro: si la cosa (relación, armisticio, lo que fuera aquello) no funcionaba, a mí ya me habría dado tiempo más que de sobra para recuperarme, y podría acabar con ella en un parpadeo. Y en caso de que funcionara, y encontrara las piezas… siempre podría quitárselas y, tras hacerlo, me remito al punto anterior. En fin, dicen que en el amor, como en la guerra, todo vale.

martes, 4 de junio de 2013

₰ Experiencias del Inframundo – Iset: A caballo entre la pobreza y la cúspide del poder

«El olor a carne quemada, las lágrimas, los gemidos y aullidos de dolor… Había sido todo tan… ¿Placentero? Solo al rememorarlo se me ponía la carne de gallina. Los dos chuchos, ahora marcados, eran definitivamente míos: ningún otro Amo se atrevería a tratar de quitármelos, nadie volvería a culparlos o tratar de castigarlos por crímenes no cometidos. Cuánta injusticia, qué derroche de supuesto amor hacia el orden y el equilibrio. Ninguno se daba cuenta de que, a ojos de Satán, no éramos más que caballos en los que él montaba y sobre los que gobernaba y que, bajo nuestro escalón, aún había una jauría de sabuesos con los que nadie, absolutamente nadie, contaba. Perros carentes de poder y rango social, súbditos de los poderosos, sometidos a alguien con verdadera influencia y toma de decisiones. 

Alguien como yo.

Ah, liebe Hunde… Animales, simples animales carentes de raciocinio. Solo servían para acatar órdenes, a modo de esclavos, y como perro guardián de nuestro rebaño de… Llámalo ovejas, llámalo almas. A cuantas más ánimas, más poder teníamos nosotros, los Amos. Dicho poder era algo que se ansiaba en el Inframundo y que pocos conseguían, por lo que, para qué engañarnos: amaba estar en uno de esos escalafones tan altos en lo que a autoridad se refiere.

Dicen que cuanto más se tiene, más se quiere. ¿Por qué llevar la contraria? Sonrío al rememorar lo ocurrido estos últimos… ¿días?, mientras mis perros trataban de recuperarse de sus heridas, sus marcas, y sanaban. En mi grupo de almas había un mago, alguien que en vida practicaba las dotes de la magia oscura; cosas como aquella no se olvidaban, y yo pensaba beneficiarme de ello. Los humanos eran débiles, imperfectos, ninguno merecía mi atención; sin embargo, aquel hombre se la había ganado: su labia y su ambición ciertamente me habían conquistado –quizá no en el sentido en el que cualquiera imagina, puesto que yo no tengo corazón que entregarle a nadie, sino en el de utilitarismo puro y duro: de tal forma sobrevivía yo–. Así pues, lo había separado de su rebaño, y desde entonces lo había tenido a mi lado.

¿Dónde se encontraba ahora?

Acaricio su figura ante mis ojos, y mis largas y curvas uñas arañan un espejo. Hay una cama ornamentada con exquisitas sábanas y almohadones a mi espalda, y el hombre, en cuerp… no, solo en alma, y desnudo, se encubre entre la ropa de cama. Sus ojos están vendados, su boca acallada, sus manos anudadas: me espera.

Vuelvo la mirada una última vez a mi alter ego: cabello corto, media melena, de corte recto y color negro azabache; ojos carmesíes iluminados por el mismísimo fuego del infierno; cuerpo perfectamente proporcionado y sin vello, únicamente recorrido por unos ríos azulados, negruzcos o rojizos, que surcan como tatuajes mal dibujados mi pálida piel, actúan a modo de venas y mantienen con vida el pozo oscuro, marchito y muerto que llevo a modo de corazón.

¿Realmente se vive gracias al corazón? Obvio que sin él nuestros cuerpos no pueden funcionar: toda máquina necesita ser engrasada de cierta manera. Sin embargo, quitando el trabajo de regadío que ejercía en nuestras envolturas carnales, ¿qué quedaba? El verdadero corazón, la razón vital, aquello que nos mantenía con vida hasta que aquel débil órgano se cansaba, era aquel situado dentro del cráneo y que muchos, gracias a esa pared de hueso, no alcanzaban. Había mucha gente y alguna muy estúpida, pero yo no me consideraba una de ellas. ¿Aquel hombre en mis aposentos, mi cama? Seguramente se había quedado a las afueras del muro y no había profundizado en el saber.

Giro sobre mis talones, encaro al hombre que yo misma he cegado y enmudecido, y le observo directamente, sin espejos de por medio: está impaciente, sudoroso y excitado, tiembla de emoción. Le admiro de arriba abajo, sin pudor… Y comienzo a caminar hacia él, deslizándome en silencio, aún pensativa: en nada dejaría de meditar y no haría más que actuar. Me muerdo el labio inferior cuando alcanzo la cama y subo a ella con suavidad: aquellos juegos, sencillamente, me encantaban.  Gateo hacia lo que considero mi víctima, que apuesto a que, sin saberlo, cree tener el poder en sus manos. No me molesto en impermeabilizar mi expresión, y una pequeña sonrisa tironea de las comisuras de mis labios: total, él no va a verla. Nos parecíamos en tantos aspectos… Y nos distinguíamos en tantos otros. Ambos éramos ambiciosos, pero en distintos sentidos: él quería privilegios de los que carecía como simple alma, yo necesitaba que me ayudara. Y estaba dispuesta a hacer todo por lo que quería, deseaba… ansiaba.

Le alcanzo. Mis uñas arañan su delicada piel y la surcan, dejando huella. Él, debajo de mí, se eriza, se arquea. La mordaza acalla sus gemidos, sus súplicas; no acierto a distinguir si quiere que pare o continúe, pero es algo que me da igual: haría lo que me viniera en gana. Aquel hombre no era más que otro sumiso, un ánima, un Don Nadie: un siervo como cualquiera, igualable a mis perros. Era tan solo… un medio: algo que justificaría y haría realidad mis fines.

¿Por qué? Por poder: todos los caminos que yo elegía llevaban a lo mismo.

¿Qué podía ofrecerme? Magia negra: un ejército con el que subir escalones en la escala social de forma clandestina y sublevarme desde dentro a todo aquel que se interpusiera en mi camino hacia la cima.

¿Cómo iba a conseguirlo? Satán, rey indiscutible del tablero, gobernaba desde arriba, montando sobre sus caballos, sus inferiores. Ahora me tocaba cabalgar a mí sobre uno de los míos.»