martes, 4 de junio de 2013

₰ Experiencias del Inframundo – Iset: A caballo entre la pobreza y la cúspide del poder

«El olor a carne quemada, las lágrimas, los gemidos y aullidos de dolor… Había sido todo tan… ¿Placentero? Solo al rememorarlo se me ponía la carne de gallina. Los dos chuchos, ahora marcados, eran definitivamente míos: ningún otro Amo se atrevería a tratar de quitármelos, nadie volvería a culparlos o tratar de castigarlos por crímenes no cometidos. Cuánta injusticia, qué derroche de supuesto amor hacia el orden y el equilibrio. Ninguno se daba cuenta de que, a ojos de Satán, no éramos más que caballos en los que él montaba y sobre los que gobernaba y que, bajo nuestro escalón, aún había una jauría de sabuesos con los que nadie, absolutamente nadie, contaba. Perros carentes de poder y rango social, súbditos de los poderosos, sometidos a alguien con verdadera influencia y toma de decisiones. 

Alguien como yo.

Ah, liebe Hunde… Animales, simples animales carentes de raciocinio. Solo servían para acatar órdenes, a modo de esclavos, y como perro guardián de nuestro rebaño de… Llámalo ovejas, llámalo almas. A cuantas más ánimas, más poder teníamos nosotros, los Amos. Dicho poder era algo que se ansiaba en el Inframundo y que pocos conseguían, por lo que, para qué engañarnos: amaba estar en uno de esos escalafones tan altos en lo que a autoridad se refiere.

Dicen que cuanto más se tiene, más se quiere. ¿Por qué llevar la contraria? Sonrío al rememorar lo ocurrido estos últimos… ¿días?, mientras mis perros trataban de recuperarse de sus heridas, sus marcas, y sanaban. En mi grupo de almas había un mago, alguien que en vida practicaba las dotes de la magia oscura; cosas como aquella no se olvidaban, y yo pensaba beneficiarme de ello. Los humanos eran débiles, imperfectos, ninguno merecía mi atención; sin embargo, aquel hombre se la había ganado: su labia y su ambición ciertamente me habían conquistado –quizá no en el sentido en el que cualquiera imagina, puesto que yo no tengo corazón que entregarle a nadie, sino en el de utilitarismo puro y duro: de tal forma sobrevivía yo–. Así pues, lo había separado de su rebaño, y desde entonces lo había tenido a mi lado.

¿Dónde se encontraba ahora?

Acaricio su figura ante mis ojos, y mis largas y curvas uñas arañan un espejo. Hay una cama ornamentada con exquisitas sábanas y almohadones a mi espalda, y el hombre, en cuerp… no, solo en alma, y desnudo, se encubre entre la ropa de cama. Sus ojos están vendados, su boca acallada, sus manos anudadas: me espera.

Vuelvo la mirada una última vez a mi alter ego: cabello corto, media melena, de corte recto y color negro azabache; ojos carmesíes iluminados por el mismísimo fuego del infierno; cuerpo perfectamente proporcionado y sin vello, únicamente recorrido por unos ríos azulados, negruzcos o rojizos, que surcan como tatuajes mal dibujados mi pálida piel, actúan a modo de venas y mantienen con vida el pozo oscuro, marchito y muerto que llevo a modo de corazón.

¿Realmente se vive gracias al corazón? Obvio que sin él nuestros cuerpos no pueden funcionar: toda máquina necesita ser engrasada de cierta manera. Sin embargo, quitando el trabajo de regadío que ejercía en nuestras envolturas carnales, ¿qué quedaba? El verdadero corazón, la razón vital, aquello que nos mantenía con vida hasta que aquel débil órgano se cansaba, era aquel situado dentro del cráneo y que muchos, gracias a esa pared de hueso, no alcanzaban. Había mucha gente y alguna muy estúpida, pero yo no me consideraba una de ellas. ¿Aquel hombre en mis aposentos, mi cama? Seguramente se había quedado a las afueras del muro y no había profundizado en el saber.

Giro sobre mis talones, encaro al hombre que yo misma he cegado y enmudecido, y le observo directamente, sin espejos de por medio: está impaciente, sudoroso y excitado, tiembla de emoción. Le admiro de arriba abajo, sin pudor… Y comienzo a caminar hacia él, deslizándome en silencio, aún pensativa: en nada dejaría de meditar y no haría más que actuar. Me muerdo el labio inferior cuando alcanzo la cama y subo a ella con suavidad: aquellos juegos, sencillamente, me encantaban.  Gateo hacia lo que considero mi víctima, que apuesto a que, sin saberlo, cree tener el poder en sus manos. No me molesto en impermeabilizar mi expresión, y una pequeña sonrisa tironea de las comisuras de mis labios: total, él no va a verla. Nos parecíamos en tantos aspectos… Y nos distinguíamos en tantos otros. Ambos éramos ambiciosos, pero en distintos sentidos: él quería privilegios de los que carecía como simple alma, yo necesitaba que me ayudara. Y estaba dispuesta a hacer todo por lo que quería, deseaba… ansiaba.

Le alcanzo. Mis uñas arañan su delicada piel y la surcan, dejando huella. Él, debajo de mí, se eriza, se arquea. La mordaza acalla sus gemidos, sus súplicas; no acierto a distinguir si quiere que pare o continúe, pero es algo que me da igual: haría lo que me viniera en gana. Aquel hombre no era más que otro sumiso, un ánima, un Don Nadie: un siervo como cualquiera, igualable a mis perros. Era tan solo… un medio: algo que justificaría y haría realidad mis fines.

¿Por qué? Por poder: todos los caminos que yo elegía llevaban a lo mismo.

¿Qué podía ofrecerme? Magia negra: un ejército con el que subir escalones en la escala social de forma clandestina y sublevarme desde dentro a todo aquel que se interpusiera en mi camino hacia la cima.

¿Cómo iba a conseguirlo? Satán, rey indiscutible del tablero, gobernaba desde arriba, montando sobre sus caballos, sus inferiores. Ahora me tocaba cabalgar a mí sobre uno de los míos.»

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