Alguien como yo.
Ah, liebe Hunde… Animales, simples animales
carentes de raciocinio. Solo servían para acatar órdenes, a modo de esclavos, y
como perro guardián de nuestro rebaño de… Llámalo ovejas, llámalo almas. A
cuantas más ánimas, más poder teníamos nosotros, los Amos. Dicho poder era algo
que se ansiaba en el Inframundo y que pocos conseguían, por lo que, para qué
engañarnos: amaba estar en uno de esos escalafones tan altos en lo que a
autoridad se refiere.
Dicen que cuanto más se tiene, más se quiere.
¿Por qué llevar la contraria? Sonrío al rememorar lo ocurrido estos últimos… ¿días?,
mientras mis perros trataban de recuperarse de sus heridas, sus marcas, y
sanaban. En mi grupo de almas había un mago, alguien que en vida practicaba las
dotes de la magia oscura; cosas como aquella no se olvidaban, y yo pensaba
beneficiarme de ello. Los humanos eran débiles, imperfectos, ninguno merecía mi
atención; sin embargo, aquel hombre se la había ganado: su labia y su ambición
ciertamente me habían conquistado –quizá no en el sentido en el que cualquiera
imagina, puesto que yo no tengo corazón que entregarle a nadie, sino en el de
utilitarismo puro y duro: de tal forma sobrevivía yo–. Así pues, lo había
separado de su rebaño, y desde entonces lo había tenido a mi lado.
¿Dónde se encontraba ahora?
Acaricio su figura ante mis ojos, y mis
largas y curvas uñas arañan un espejo. Hay una cama ornamentada con exquisitas
sábanas y almohadones a mi espalda, y el hombre, en cuerp… no, solo en alma, y
desnudo, se encubre entre la ropa de cama. Sus ojos están vendados, su boca
acallada, sus manos anudadas: me espera.
Vuelvo la mirada una última vez a mi alter ego: cabello corto, media melena,
de corte recto y color negro azabache; ojos carmesíes iluminados por el
mismísimo fuego del infierno; cuerpo perfectamente proporcionado y sin vello,
únicamente recorrido por unos ríos azulados, negruzcos o rojizos, que surcan
como tatuajes mal dibujados mi pálida piel, actúan a modo de venas y mantienen con
vida el pozo oscuro, marchito y muerto que llevo a modo de corazón.
¿Realmente se vive gracias al corazón? Obvio
que sin él nuestros cuerpos no pueden funcionar: toda máquina necesita ser
engrasada de cierta manera. Sin embargo, quitando el trabajo de regadío que
ejercía en nuestras envolturas carnales, ¿qué quedaba? El verdadero corazón, la
razón vital, aquello que nos mantenía con vida hasta que aquel débil órgano se
cansaba, era aquel situado dentro del cráneo y que muchos, gracias a esa pared
de hueso, no alcanzaban. Había mucha gente y alguna muy estúpida, pero yo no me
consideraba una de ellas. ¿Aquel hombre en mis aposentos, mi cama? Seguramente
se había quedado a las afueras del muro y no había profundizado en el saber.
Giro sobre mis talones, encaro al hombre que
yo misma he cegado y enmudecido, y le observo directamente, sin espejos de por
medio: está impaciente, sudoroso y excitado, tiembla de emoción. Le admiro de
arriba abajo, sin pudor… Y comienzo a caminar hacia él, deslizándome en silencio,
aún pensativa: en nada dejaría de meditar y no haría más que actuar. Me muerdo
el labio inferior cuando alcanzo la cama y subo a ella con suavidad: aquellos
juegos, sencillamente, me encantaban. Gateo hacia lo que considero mi víctima, que
apuesto a que, sin saberlo, cree tener el poder en sus manos. No me molesto en
impermeabilizar mi expresión, y una pequeña sonrisa tironea de las comisuras de
mis labios: total, él no va a verla. Nos parecíamos en tantos aspectos… Y nos
distinguíamos en tantos otros. Ambos éramos ambiciosos, pero en distintos
sentidos: él quería privilegios de los que carecía como simple alma, yo
necesitaba que me ayudara. Y estaba dispuesta a hacer todo por lo que quería,
deseaba… ansiaba.
Le alcanzo. Mis uñas arañan su delicada piel
y la surcan, dejando huella. Él, debajo de mí, se eriza, se arquea. La mordaza
acalla sus gemidos, sus súplicas; no acierto a distinguir si quiere que pare o
continúe, pero es algo que me da igual: haría lo que me viniera en gana. Aquel
hombre no era más que otro sumiso, un ánima, un Don Nadie: un siervo como
cualquiera, igualable a mis perros. Era tan solo… un medio: algo que
justificaría y haría realidad mis fines.
¿Por qué? Por poder: todos los caminos que yo
elegía llevaban a lo mismo.
¿Qué podía ofrecerme? Magia negra: un
ejército con el que subir escalones en la escala social de forma clandestina y
sublevarme desde dentro a todo aquel que se interpusiera en mi camino hacia la
cima.
¿Cómo iba a conseguirlo? Satán, rey
indiscutible del tablero, gobernaba desde arriba, montando sobre sus caballos,
sus inferiores. Ahora me tocaba cabalgar a mí sobre uno de los míos.»
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