Como escribir un diario es una puta mierda, y
mi vida es de todo menos relajada, escribiré cuando me dé la gana (lo que se
traduce en «cuando tenga tiempo y me apetezca ponerme a ello») sobre lo que me
dé la gana (lo que se resume en contar los hechos más importantes de mi vida
humana), y punto. Pero punto… Final.
Que qué ha pasado estos días… Madre mía, la
hemos liado parda. Para empezar, conocimos a Ginna. Un día, en un bar, tratando
de ahogar mis penas en una botella, se me acercó una fulana. De encontrar y
leer alguien mis escritos algún día, dirá: qué vocabulario; yo podría
responder, las cosas por su nombre, que son como son… Y SI NO, NO LEAS, CABRÓN.
…Prosigo. El caso es que no soy muy dado al
contacto, y el roce de la chica me estaba enervando. Sin embargo, como por arte
de magia, Ginna apareció y… digamos que me defendió. Echó a la otra mujer,
salvándole la vida, y luego se sentó a mi vera. No pude más que agradecerle el
gesto invitándole a una copa, y ella me compensó yéndose de la lengua. No sé si
el plan inicial ya era entrarme de esa manera, pero el caso es que habló
gustosa de su situación en la Tierra. Yo ya me había imaginado que ella no era
normal… Es lo que tenemos los chuchos, esas cosas nos resultan de lo más
visibles, pero el caso es que, aún así, me sorprendió: una sombra. Era una
jodida sombra.
Recelé de inmediato, pero ella acalló mis
dudas con más información: la muchacha era un ente infernal, alistado en el
ejército, que había venido al mundo terrenal para hacernos de niñera a Klay y a
mí. Suena de lo más estúpido, lo sé, sobre todo teniendo en cuenta que nos
podemos cuidar solos me puedo cuidar solo. Supongo que por eso, tras
llevarle a casa para conocer a mi hermano, se hizo más afín a este que a mí.
Desde que se conocieron está muy protectora con Klay, y apuesto a que él se lo
agradece en sobremanera, sobre todo desde que su enfermedad ha empeorado:
necesita a alguien. Ya discutimos una vez porque ese alguien era yo, así que
supongo que Ginna ha acabado haciendo mejor mi trabajo.
Es por ello que, mientras esos dos tortolitos
afianzaban su relación, yo, que no tenía nada mejor que hacer, decidí viajar y
largarme de Rusia. No me despedí. Recuerdo que, de hecho, la última noche la
pasé a solas con Ginna. Tan solo le hice prometer que cuidaría de Klay. Tonteamos
en el servicio, y al final acabó bañándome. Por qué, claro, pregunta de lo más
corriente y, en este caso, con fácil respuesta: era mi cumpleaños (treinta y
tres años humanos ya, tío, cómo se las trae Cronos), y me había puesto perdido
de polvo. La cuestión es que yo le dije que me echara uno, pero claro, iba con
segundas y no era literal. La muchacha, no obstante, supo cómo aprovechar la
ocasión. Eso no implica que nadie ganara o perdiera, pero digamos que yo
también sé jugar y, tras mancharme, terminó desnudándome, masajeándome la
espalda y lavándome el pelo. El cuerpo me lo lavé yo, aunque fue extraño: lo
primero que pillé para hacerlo fue el champú que Ginna usaba en mi cabeza, así
que me enjaboné con eso. La piel se queda de lo más suave, recomendado. El caso…
es que estuvimos hablando. Me lo pasé bien aquella noche, y Nana (así llamo yo
a la niñera cuando me da) consiguió arrancarme alguna que otra carcajada y más
de una sonrisa. Por este motivo, terminé diciéndole que, bueno, digamos … Agh,
palabras textuales: «Te aprecio todo lo que podría permitirme apreciar a
alguien». Creo que le gustó, no sé, no soy muy dado al trato con nadie, pero me
respondió de igual forma. Sienta… bien, digamos, que creyéndote un estorbo en
un sitio te digan que las cosas van bien, pero eso no me impidió marcharme, con
tan solo una mochila y mal hecha, al alba del día siguiente.
La cuestión es que no podemos dejar de
trabajar: hay que buscar y encontrar las piezas de Satán, y hay que hacerlo
cuanto antes para que no sea el otro bando el que gane. Cuando me fui de casa
(y, voy a reconocerlo, la eché de menos), en mis viajes conocí a mucha gente…
alguna más interesante que otra, por supuesto. Por destacar a alguien, nombraré
a América. Es… bruja. Pero digamos que no una bruja… bueno, digamos que no como
yo me la imaginaba. En nuestro viaje, que relataré más adelante (quizá otro
día, que hoy tengo tantas cosas que contar…), me preguntó cómo imaginaba a una
bruja. Ella es… Joven. Una adolescente de pelo morado, muy enérgica y con ganas
de aventuras. Nuestra… ¿amistad? relación comenzó porque yo, aburrido de
la vida, le dije, tras mucho insistir, que no me importaría correr una aventura
con ella, y así fue: me llevó en busca del fénix azul. Es extraño, porque yo
sabía de otras criaturas, tales como licántropos (mis favoritas, aquellas con
las que me siento más identificado), pero jamás me había parado a pensar en un
encuentro con una de ellas. En fin, he dicho que esta aventura, junto a otras
muchas que se sucedieron en mis viajes solo, la relataría más adelante y en
condiciones; solo nombraba a la chica por su pregunta, y esta fue: «¿Cómo te
imaginabas a las brujas?». Mi respuesta fue precisa: como Iset. «De uñas
largas, mirada ardiente, con impulsos para hacer el mal y un humor de perros».
Lo del humor de perros iba con segundas, por supuesto, pero no esperaba que lo
entendiera. Lo cierto es que no sé el porqué de aquella respuesta, pero estoy
por dar por sentado… que jamás lograré superar lo de Ama.
Mis idas y venidas se complicaron llegados a
un punto en concreto, y este fue la persecución de un mandado de Dios. Supuse
que tendría alguna pista para encontrar alguna pieza del puzle de las deidades,
y fui tras él. No debí hacerlo muy bien, al menos tras pasar la primera semana,
porque una noche, mientras acechaba, me tendió una trampa. Creo que lo que
sucedió fue a causa de mis noches en vela, pero como no soy de poner excusas,
simplemente diré que no peleé todo lo bien que podría haberlo hecho. ¿Que gané?
Sí. ¿Que lo maté? También. La cuestión es, sin embargo, que salí mal parado.
Para empezar, el otro no tenía pista alguna del paradero del tesoro, y estaba
tan perdido como yo, y tras eso, no salí indemne de la pelea, me dejó mal
herido. Es por ello que dejé atrás ese bosque para encaminarme como pude hacia
la ciudad más cercana. Una vez allí, pillé una habitación, y comencé mi
rehabilitación. Estuve cerca de un mes sin salir apenas de mi cuarto,
habilitado también con un baño, por lo que solo me iba de mi refugio cuando
tenía ganas de comer. Pasado un tiempo, comencé a salir en busca de almas.
Digamos que, simplemente, lo necesitaba. Puedo nutrir mi cuerpo de alimentos
humanos, pero mi alma de sabueso infernal siempre tiene sed de ánimas, y me
fuerzo a satisfacerla de vez en cuando.
Aquella noche… digamos que me llevé una
sorpresa, y aún estoy decidiendo si fue para bien o para mal: me crucé en el
camino de otro mandado de Dios. La cuestión es que yo, recién salido de la
recuperación de la pelea con el otro, lo último que quería era volver a
enzarzarme con alguien, pero no me hizo falta. Ella… y sí, ella, era un ángel,
pero no un ángel cualquiera: era el primero que yo veía, y también el primer
mandado de Dios con apariencia femenina que conocía. Su presencia… es extraño,
porque me producía repulsión al tiempo que… ¿fascinación? Así pues, picado por
la curiosidad, la seguí, y llegamos a entablar conversación. Bueno, ella
entabló conversación, yo solo se la seguí. Nos presentó, y también a su… mono.
Sí, porque tiene un mono. Hay gente que cuida de caimanes, a mí no me miréis.
La cuestión, que tenía un maldito mono, llamado Shon. Ella, Hayley. En
apariencia me recordó mucho a otra muchacha, Yasmín, una vampiresa bastante… desagradable
en muchos aspectos (me compara con su difunto marido…): la melena de ambas era
blanca como la nieve, y larga como una lengua de la misma. Más tarde, la misma
Yasmín se encargaría de cortársela a la otra (apuesto que por celos, pero en
fin, no soy un experto en mujeres), y con ello se acabarían las semejanzas con mi
Hay.
Llegué a hacer un pacto con ese ángel:
acababa de aterrizar en la Tierra, así que conocía más bien poco el entorno en
el que se encontraba, y eso me daba ventaja. Le ofrecí ayudarle en aquel paraíso
terrenal a cambio de que tanto ella como su... ¿mascota…? me ayudaran con las
piezas de las deidades. Ella también las busca, y digamos… que tuve un pálpito.
Vamos a ir a Rusia, y le presentaré al grupo. Además, yo siempre voy sobre
seguro: si la cosa (relación, armisticio, lo que fuera aquello) no funcionaba,
a mí ya me habría dado tiempo más que de sobra para recuperarme, y podría
acabar con ella en un parpadeo. Y en caso de que funcionara, y encontrara las
piezas… siempre podría quitárselas y, tras hacerlo, me remito al punto
anterior. En fin, dicen que en el amor, como en la guerra, todo vale.