Cuando llegamos a Rusia, Hay aún seguía de lo más meditabunda, pero no sería yo aquel que rompiera el silencio. Cogimos otro coche y, tras darle las indicaciones en mi idioma natal, este nos llevó frente a mi casa. El hombre ni siquiera tuvo que ayudarnos con el equipaje, ya que cargábamos con poca cosa. Tras dejarnos a ambos frente al portal del piso que compartíamos mi hermano y yo, y más recientemente Ginna, pasando frío, busqué las llaves y abrí la puerta, dejando pasar primero a Hay.
–¿Lista...?
Ella asintió quedamente, y yo cerré tras ambos antes de empezar a subir escaleras ante ella. Cuando llegué ante nuestra desvencijada puerta de madera y abrí la puerta, di un pequeño suspiro antes de entrar... y luego entramos. Un ramalazo de calor nos dio una abrupta bienvenida, al tiempo que las miradas de Ginna y Klay se giraban hacia la entrada. Al entrar yo primero, ambos se levantaron con una sonrisa cómplice en el rostro y con mierdas del tipo «Cuánto tiempo» o «Te hemos echado de menos». No me gustan ese tipo de situaciones, así que simplemente me aparté a un lado y dejé paso a Hay. La muchacha entró, tímidamente, y alzó una mano para saludar, nada convencida a pesar del entusiasmo que había mostrado anteriormente con el encuentro.
–Esta es Hay -presenté, sin alzar la voz. La mirada, de lo más significativa, que lancé a Ginna, le hizo endulzar levemente el rostro, comprensiva. Fue la primera en acercarse y abrazar a Hay para darle la bienvenida y, tras ello, Klay la imitó. Suerte que no se quedara atrás. Luego me saludaron a mí y, cuando conseguimos entrar más allá del recibidor y terminamos de ponernos al día de las novedades (tales como la enfermedad de Klay o las juergas que la pareja se traía en el Infierno), enseñé la pequeña casa a Hay: dormiría conmigo.
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