«Hay duerme, pero yo me he desvelado y no puedo más, así que salgo a pasear al bosque cercano a casa, allí donde voy para entrenar y ponerme en forma o de caza cuando lo creo necesario. No puedo evitar pensar. Ginna y Klay tienen su pieza, Yuline, y yo tengo a Lyra. Les propuse separarnos, y creó que la idea fue aceptada con los brazos abiertos: cuanto antes tuviéramos el mayor número de piezas posibles, mejor. Así pues, Hay y yo volveremos a partir en un par de días en dirección... En fin, allí donde nos lleve Satán, nunca mejor dicho. Apostaba a que la búsqueda de la hija de Röven sería de lo más complicada, pero no tenía más remedio que continuarla: tendríamos que buscar el castillo, superar las barreras de magia en él y adentrarnos entre los alumnos de la escuela para dar con la niña y hacernos con la pieza. Seguramente habría más piezas por el mundo, escondidas o sin esconder, a simple vista, de tal forma que se nos hiciera más ardua la manera de encontrarlas.
Aquel no era un buen día para pasear por el bosque. Por muy abrigado que fuera, el frío calaba hasta pinchar mi piel con gélidas agujas que me hacían desear volver al candor de nuestra casa, así que obedezco sin rechistar. Ya estaba en una de las calles tangentes con el piso, cuando casi tropiezo con una niña: abrigo demasiado grande para su edad, sucia, y de rasgos levemente demacrados. Parece tener poca edad.
–¿Algo de comer, señor? –inquiere, con voz dulce.
Sus ojos verdosos se clavan en los míos, y un escalofrío recorre mi columna vertebral. Será el frío. Sacudo la cabeza negativamente y entro al piso, dejando a la pequeña atrás.
Cualquiera diría que el Destino me mandaría más tarde a encontrarla.»
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