domingo, 18 de agosto de 2013

₰ Experiencias en el Paraíso Terrenal – Shark: Diario [ Entrada: VI ]

«Hay duerme, pero yo me he desvelado y no puedo más, así que salgo a pasear al bosque cercano a casa, allí donde voy para entrenar y ponerme en forma o de caza cuando lo creo necesario. No puedo evitar pensar. Ginna y Klay tienen su pieza, Yuline, y yo tengo a Lyra. Les propuse separarnos, y creó que la idea fue aceptada con los brazos abiertos: cuanto antes tuviéramos el mayor número de piezas posibles, mejor. Así pues, Hay y yo volveremos a partir en un par de días en dirección... En fin, allí donde nos lleve Satán, nunca mejor dicho. Apostaba a que la búsqueda de la hija de Röven sería de lo más complicada, pero no tenía más remedio que continuarla: tendríamos que buscar el castillo, superar las barreras de magia en él y adentrarnos entre los alumnos de la escuela para dar con la niña y hacernos con la pieza. Seguramente habría más piezas por el mundo, escondidas o sin esconder, a simple vista, de tal forma que se nos hiciera más ardua la manera de encontrarlas.

Aquel no era un buen día para pasear por el bosque. Por muy abrigado que fuera, el frío calaba hasta pinchar mi piel con gélidas agujas que me hacían desear volver al candor de nuestra casa, así que obedezco sin rechistar. Ya estaba en una de las calles tangentes con el piso, cuando casi tropiezo con una niña: abrigo demasiado grande para su edad, sucia, y de rasgos levemente demacrados. Parece tener poca edad.

–¿Algo de comer, señor? –inquiere, con voz dulce. 

Sus ojos verdosos se clavan en los míos, y un escalofrío recorre mi columna vertebral. Será el frío. Sacudo la cabeza negativamente y entro al piso, dejando a la pequeña  atrás. 

Cualquiera diría que el Destino me mandaría más tarde a encontrarla.»

₰ Experiencias en el Paraíso Terrenal – Shark: Diario [ Entrada: V ]

Cuando llegamos a Rusia, Hay aún seguía de lo más meditabunda, pero no sería yo aquel que rompiera el silencio. Cogimos otro coche y, tras darle las indicaciones en mi idioma natal, este nos llevó frente a mi casa. El hombre ni siquiera tuvo que ayudarnos con el equipaje, ya que cargábamos con poca cosa. Tras dejarnos a ambos frente al portal del piso que compartíamos mi hermano y yo, y más recientemente Ginna, pasando frío, busqué las llaves y abrí la puerta, dejando pasar primero a Hay.

–¿Lista...?

Ella asintió quedamente, y yo cerré tras ambos antes de empezar a subir escaleras ante ella. Cuando llegué ante nuestra desvencijada puerta de madera y abrí la puerta, di un pequeño suspiro antes de entrar... y luego entramos. Un ramalazo de calor nos dio una abrupta bienvenida, al tiempo que las miradas de Ginna y Klay se giraban hacia la entrada. Al entrar yo primero, ambos se levantaron con una sonrisa cómplice en el rostro y con mierdas del tipo «Cuánto tiempo» o «Te hemos echado de menos». No me gustan ese tipo de situaciones, así que simplemente me aparté a un lado y dejé paso a Hay. La muchacha entró, tímidamente, y alzó una mano para saludar, nada convencida a pesar del entusiasmo que había mostrado anteriormente con el encuentro.

–Esta es Hay -presenté, sin alzar la voz. La mirada, de lo más significativa, que lancé a Ginna, le hizo endulzar levemente el rostro, comprensiva. Fue la primera en acercarse y abrazar a Hay para darle la bienvenida y, tras ello, Klay la imitó. Suerte que no se quedara atrás. Luego me saludaron a mí y, cuando conseguimos entrar más allá del recibidor y terminamos de ponernos al día de las novedades (tales como la enfermedad de Klay o las juergas que la pareja se traía en el Infierno), enseñé la pequeña casa a Hay: dormiría conmigo.

₰ Experiencias en el Paraíso Terrenal – Shark: Diario [ Entrada: IV ]

Tras el primer beso que le di a Hayley, me sentí... Extraño. Aquella noche tuve un sueño de lo más extraño y cuando me levanté... Estábamos más unidos de lo que jamás habría soñado. Al despertarme, noté un latigazo de dolor en el cuello, una quemadura que me hizo levantarme e ir inmediatamente al baño a ver qué narices era aquello que me perforaba la yugular y me mordía la vida. Tras tratar de lavar la marca, me dijo que sería imposible de quitar: era un tatuaje, una advertencia al mundo de que estaba bajo su protección. Parecía casi mentira, cuando era yo quién trabajaba de segurata y cuidaba de Hay. Ella... tenía el mismo dibujo en una de sus finas muñecas: el lazo que nos unía... Se había hecho más fuerte.

Fue por eso que aquella mañana, tras levantarme sin echarle un ojo apenas, pudoroso, me di una ducha y salí de nuestra habitación antes de que me dirigiera la palabra. Pagué el hospedaje y pedí un coche para llevarnos al aeropuerto, aunque antes de eso debíamos hacer una parada.

Cuando subí al aeropuerto, Hay estaba sentada en la cama. No dijo nada, no hizo nada. Shon, a su lado, me gruñó y enseñó los dientes. Pasé a ignorar al mono y recogí mi equipaje en un parpadeo, ya que apenas constaba de un par de piezas de ropa y algunos productos de aseo. Colgué las hachas en mi espalda y, cuando volví a mirar a Hay, ya con la mochila al hombro, ella me devolvió una mirada de inseguridad y arrepentimiento. ¿Así iba a cuidar alguien de mí? Con un suspiro, cogí la capa que normalmente se echaba sobre los hombros y le ayudé a vestirla. Después, bajamos a la calle.

El coche ya nos esperaba. Nos subimos, y le di un par de direcciones al conductor: la primera, la óptica, y la segunda el aeropuerto.

La primera parada la hicimos al poco, en silencio. Nadie se atrevía a abrir la boca, y yo tenía cosas en que pensar: estaba llevando a Hay de cabeza al matadero. Como Klay y Ginna no supieran comportarse... Adquirí unas lentillas transparentes en la tienda antes de volver al coche y anunciar al conductor que podía llevarnos al aeropuerto. Me puse las lentillas transparentes nada más llegar y encontrar el baño, antes de coger el avión que nos llevaría de vuelta a Rusia: no quería permitirme el lujo de ir asesinando a nadie con la mirada.