martes, 16 de julio de 2013

₰ Experiencias en el Paraíso Terrenal – Shark: Diario [ Entrada: III ]



Las cosas nunca salen como las planeamos.

Soy un sabueso con sangre infernal, impulsivo en la mayor parte de los casos, por lo que esa regla no suele romperse, al menos, conmigo; aquella vez, no fue una excepción.

El trabajo con Babette de segurata estaba dando sus frutos: estaba consiguiendo dinero, no de forma rápida pero sí eficaz, y también había logrado compaginar el trabajo de tal forma que también cumplía el objetivo principal de mi misión a Europa: conseguir información del puzle de las piezas de las deidades. Yo había conseguido un nombre, y Hay, hace poco, vino con otro, para mi sorpresa, reconocible: Lyra.

Encajé las piezas con rapidez, ya que si Röven era el Diablo y se jactaba de tener una hija que proteger, con ese mismo nombre, aquello implicaba que no quería sacrificarla en el juego… y tenía que ganar para no hacerlo. Las cartas se ponían complicadas para Satán, y nuestro trabajo no avanzaba a gran rapidez que digamos. Teníamos dos nombres, sí: uno quizá alcanzable, pero la pariente del Diablo parecía algo imposible. Además, por dónde empezar: nosotros seguíamos con poco dinero y teníamos que usarlo para llegar hasta los otros, así que decidí mantenerlos al tanto para que se fueran preparando. Por esa razón, escribí una carta a Ginna en respuesta a la que había recibido de su parte con anterioridad. En ella, Nana me contaba que la enfermedad de Klay había empeorado entre otras cosas. Ello fue una de las causas de las que quisiera acabar cuanto antes de trabajar, para coger el dinero y largarme a Rusia; por ello, empecé a hacer dobles jornadas y, entre comida y comida, escribí con letra estirada una carta a la niñera, avisándole de que quería presentarle a alguien, de que trataría de ir cuanto antes a casa, y de uno de los nombres que habíamos descubierto: Yuline. Lyra no podía ser de dominio público, y yo me encargaría de ello.

La noche en que me fue revelado ese último nombre llegaba de uno de mis turnos de noche. Me encontré a Hay nada más llegar a casa, estaba… sangrando. Me puse alerta de inmediato: no sabía si quizá le habían encontrado, si el lugar seguía siendo seguro, si simplemente estaba exagerando y no había pasado nada. Sin embargo, ella me informó de inmediato: se había cruzado con uno de los míos y lo había matado. Lo había matado. Veamos, yo había intentado no ponerle la mano a ninguno de los suyos para no ofenderla o que hubiera problema alguno, ¿y ella se cargaba a un sabueso? Me puse nervioso de inmediato, no solo por la situación, sino porque ella también parecía histérica por lo ocurrido. Hablando acerca de lo ocurrido, se echó a llorar. Qué coño se hace en esos casos, diablos. La cosa se fue de las manos: me desbordé, odiaba verla mal. No estoy seguro de comprender por qué. Le pregunté al respecto, le dije que por qué estábamos como estábamos, que qué pasaba, que porque estábamos en la situación en la que nos encontrábamos… que por qué ella… era… ella. Que por qué era como era, tan dulce, tan delicada. Por qué tenía la necesidad de protegerla en lugar de herirla, como debería ser.

En situaciones de gran estrés, suelo desahogarme luchando; por eso el trabajo de guardia de seguridad me venía tan bien, me ayudaba a equilibrar mi ánimo. Sin embargo, aquella vez no tenía a nadie a quien poder patearle el culo en la habitación, y un puñetazo en la pared me resultó insuficiente a pesar del dolor que me produjeron las heridas abiertas de mis nudillos. Así pues, me desahogué de otra forma.

¿Cuál?

La besé.

Aún no sé qué me impulsó a hacerlo, solo sé que necesitaba distraerme, y sus labios me parecieron el refugio ideal. Pareció sorprenderse y, de hecho, al principio, al acorralarla contra la cama, ni siquiera reaccionó. Ahora me reprochó el haber sido demasiado brusco, pero en ese momento no me importaba. Insistí hasta conseguir sus besos, hasta conseguir mi nombre en sus labios, y luego me aparté. Levemente, lo justo para no echarla de menos. Qué está bien, qué mal… No me importa, nunca me ha importado. Quería besarla y lo hice, pero jamás me paré a pensar en las consecuencias. Fue un impulso, en efecto. Un impulso… del que no supimos si arrepentirnos antes de darnos la espalda para tratar de descansar al tiempo que esperábamos un nuevo día.

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