–Sigue mi voz, Ojos Ciegos.
Mis manos acarician ramas y hojas secas, parecemos estar en otoño. Voy
descalzo, camino sobre césped amarillento: mis pies me guían entre dos
estrechas paredes hechas de árboles, y mis
dedos acarician su tosca madera. Todo tiene reflejos dorados, incluyendo los
rayos de sol que tratan traspasar el techo arbolado, entretejiendo sombras con
la parte más alta del follaje.
Paso a paso, todo camino se hace paso a paso, y los míos me guían tras
tu voz. Todo timbre debe dejarse oír, toda letanía ha de escucharse, y nosotros
debemos hacer por entenderla. Fiel a toda palabra, fiel a mis instintos, fiel a
ti… Te sigo.
No pretendo descubrir la salida del laberinto, solo los secretos que
guarda. Busco una melena plateada en contraste con el paisaje de oro, unos ojos
color esmeralda. Metales preciosos, de valor discutible pero existente de
cualquier manera.
Un reflejo. Acelero el ritmo, y una brisa inexistente agita tanto mis
cabellos como mis escasas ropas. Los intrincados caminos se hacen más sencillos
de seguir al escuchar y dejarme llevar por una risa cantarina que yo ansío oír desde
más cerca. Tras perderme varias veces, me consigo encontrar al hallar lo que busco.
Creo escuchar un chasquido: las cadenas se engrasan y la maquinaria se
mueve.
Empieza el espectáculo.
Un remolino de colores difumina el paisaje, hasta que uno, el más puro
y brillante de todos, se sobrepone a los demás. Reflejo plateado, mis
esmeraldas… Con actitud relajada –puesto que, ¿qué puede ir mal?–, alzo una de
mis manos para alcanzarlas.
Otra risa, otro despliegue de felicidad, pero mi mano se pierde en la
nada.
Pronuncio tu nombre en un susurro: no quiero romper la magia. Un siseo
me devuelve el gesto, y paso a encontrarme a la orilla de un río. Quizá ya
estaba allí y no me había dado cuenta antes. Me asomo, con calma, y admiro mi
reflejo.
No, mi reflejo no.
El reflejo.
Tu reflejo.
Alzas la mano con timidez desde el agua y yo, atónito, termino
imitándote al tiempo que paso a agazaparme. Mis dedos vuelan al agua y tratan
de salvarte, pero no te estás ahogando: respiras con normalidad, me miras,
sonríes.
Sosiego, más sosiego. Contigo… me siento a salvo.
Un suave golpe en un hombro, me giro con gracilidad No hay nadie. Con
el entrecejo fruncido, vuelvo la mirada al espejo cristalino, pero quien me
devuelve la mirada no es más que mi alter ego. Frunzo el ceño, confuso, pero no
tardo en notar otra llamada de atención, esta vez en un brazo, y la risa vuelve
a repetirse como música de fondo.
–¿Me ves, Ojos Ciegos?
Una sonrisa descose mis labios a modo de queda respuesta, y los tuyos
me la devuelven sin dudar. Bajo la mano a mi brazo, y encuentro una de tus
manos sobre este. Vistes una larga capa con dejes dorados. Una capa…
–Y también quiero sentirte, Caperucita.
Un leve rubor maquilla tus mejillas, y mi sonrisa se extiende a medida
que me acerco a la tuya. Me aventuro a probar tus labios. Es curioso, son
dulces, tanto como en apariencia, así como los había imaginado. Te apartas tras
el primer intento de contacto, llevas una mano a tus labios.
Fruto prohibido.
Excitación, anhelo, deseos inconclusos. Esta vez eres tú quién me
buscas: tus brazos me atrapan, tu cuerpo busca el mío, te fundes con mis
labios. Estos contraatacan, sedientos, y mis manos buscan perderse en tu
cuerpo.
Que la vida, es sueño…
Un suave mordisco en el labio inferior, un reguero de besos por la
mejilla hasta la oreja y descendiendo, el incontrolable temblor que me producen
tus labios en el cuello. Tu nombre se escapa de entre mi boca jadeante… Antes
de que el dorado del paisaje arda, las llamas se coman mi reino y el fuego lama
tu melena plateada hasta que esta se vuelve carmesí. Lo que yo juzgaba como tu
boca pasa de mimarme a lacerarme la yugular.
Grito, agonizo.
Y todo muere mientras Röven, Diablo omnipresente, renace cual fénix de
mi mundo marchito.
…y los sueños, sueños son.
No hay comentarios:
Publicar un comentario