martes, 16 de julio de 2013

₰ Experiencias en el Paraíso Terrenal – Shark & Hayley: Sueño

–¿Dónde estás? No te veo.

–Sigue mi voz, Ojos Ciegos.

Mis manos acarician ramas y hojas secas, parecemos estar en otoño. Voy descalzo, camino sobre césped amarillento: mis pies me guían entre dos estrechas paredes hechas de árboles,  y mis dedos acarician su tosca madera. Todo tiene reflejos dorados, incluyendo los rayos de sol que tratan traspasar el techo arbolado, entretejiendo sombras con la parte más alta del follaje.

Paso a paso, todo camino se hace paso a paso, y los míos me guían tras tu voz. Todo timbre debe dejarse oír, toda letanía ha de escucharse, y nosotros debemos hacer por entenderla. Fiel a toda palabra, fiel a mis instintos, fiel a ti… Te sigo.

No pretendo descubrir la salida del laberinto, solo los secretos que guarda. Busco una melena plateada en contraste con el paisaje de oro, unos ojos color esmeralda. Metales preciosos, de valor discutible pero existente de cualquier manera.

Un reflejo. Acelero el ritmo, y una brisa inexistente agita tanto mis cabellos como mis escasas ropas. Los intrincados caminos se hacen más sencillos de seguir al escuchar y dejarme llevar por una risa cantarina que yo ansío oír desde más cerca. Tras perderme varias veces, me consigo encontrar al  hallar lo que busco.

Creo escuchar un chasquido: las cadenas se engrasan y la maquinaria se mueve.

Empieza el espectáculo.

Un remolino de colores difumina el paisaje, hasta que uno, el más puro y brillante de todos, se sobrepone a los demás. Reflejo plateado, mis esmeraldas… Con actitud relajada –puesto que, ¿qué puede ir mal?–, alzo una de mis manos para alcanzarlas.

Otra risa, otro despliegue de felicidad, pero mi mano se pierde en la nada.

Pronuncio tu nombre en un susurro: no quiero romper la magia. Un siseo me devuelve el gesto, y paso a encontrarme a la orilla de un río. Quizá ya estaba allí y no me había dado cuenta antes. Me asomo, con calma, y admiro mi reflejo.

No, mi reflejo no.

El reflejo.

Tu reflejo.

Alzas la mano con timidez desde el agua y yo, atónito, termino imitándote al tiempo que paso a agazaparme. Mis dedos vuelan al agua y tratan de salvarte, pero no te estás ahogando: respiras con normalidad, me miras, sonríes.

Sosiego, más sosiego. Contigo… me siento a salvo.

Un suave golpe en un hombro, me giro con gracilidad No hay nadie. Con el entrecejo fruncido, vuelvo la mirada al espejo cristalino, pero quien me devuelve la mirada no es más que mi alter ego. Frunzo el ceño, confuso, pero no tardo en notar otra llamada de atención, esta vez en un brazo, y la risa vuelve a repetirse como música de fondo.

–¿Me ves, Ojos Ciegos?

Una sonrisa descose mis labios a modo de queda respuesta, y los tuyos me la devuelven sin dudar. Bajo la mano a mi brazo, y encuentro una de tus manos sobre este. Vistes una larga capa con dejes dorados. Una capa…

–Y también quiero sentirte, Caperucita.

Un leve rubor maquilla tus mejillas, y mi sonrisa se extiende a medida que me acerco a la tuya. Me aventuro a probar tus labios. Es curioso, son dulces, tanto como en apariencia, así como los había imaginado. Te apartas tras el primer intento de contacto, llevas una mano a tus labios.

Fruto prohibido.

Excitación, anhelo, deseos inconclusos. Esta vez eres tú quién me buscas: tus brazos me atrapan, tu cuerpo busca el mío, te fundes con mis labios. Estos contraatacan, sedientos, y mis manos buscan perderse en tu cuerpo.

Que la vida, es sueño…

Un suave mordisco en el labio inferior, un reguero de besos por la mejilla hasta la oreja y descendiendo, el incontrolable temblor que me producen tus labios en el cuello. Tu nombre se escapa de entre mi boca jadeante… Antes de que el dorado del paisaje arda, las llamas se coman mi reino y el fuego lama tu melena plateada hasta que esta se vuelve carmesí. Lo que yo juzgaba como tu boca pasa de mimarme a lacerarme la yugular.

Grito, agonizo.

Y todo muere mientras Röven, Diablo omnipresente, renace cual fénix de mi mundo marchito.

…y los sueños, sueños son.

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