¿Qué mueve al mundo?
El dinero.
¿Qué pasa
cuando no tienes?
Pues… que no te mueves.
Cuando me encontré con Hay y decidimos viajar
a Rusia para conocer al resto, no contaba con que, en lugar de un billete de
avión que, además, no era directo, tendría que comprar dos. Así pues cuando, al
despuntar el alba, fuimos a comprar mis lentillas transparentes –idea fugaz a
la que supe aferrarme para no causar muerte instantánea al tercer vistazo a mis
ojos– y, tras ello, al aeropuerto, no pude hacer más que desilusionarme: los
lujos y las comodidades de la clase alta que yo no podía permitirme,
ciertamente me tocaban la moral. Sin embargo, aquella vez no fue para mal. ¿Por
qué? …Pues porque de haber tomado ese avión, no habría logrado conocer bien a
Hay, no habría sabido si merecía la pena o no mantenerla a mi lado, y
probablemente la habría matado. Un pacto es un pacto, y yo, como chucho que
soy, también me considero fiel. No obstante, las palabras son palabras, y estas
se las lleva el viento. Definitivamente, Hay habría acabado muerta…
Y eso es algo que ahora mismo dudo que
mereciera la pena.
Europa me ha cambiado. Los viajes que tuvimos
que hacer, tanto en transporte más barato como andando, ralentizaron nuestro
paso y nos dieron la oportunidad de conocernos. También he tenido tiempo para
pensar. ¿Sabéis la sed de sangre intrínseca en los caninos de mi tipo? Los
lobos matan y se alimentan de carne, los sabuesos como yo matamos y nos
alimentamos de almas. La de Hay… Diablos, quiero probarla. Siempre he dicho que
las almas más sucias, las más corrompidas, las más salvajes, eran las mejores
condimentadas. Sin embargo, la suya, a pesar de ser todo lo contrario… Me llama
la atención. Quizá porque sea algo que no he visto antes, no lo sé. Lo único de
lo que soy consciente cuando la veo es de querer fundirme en sus ojos verdes,
antes que en su pecho y su latiente corazón, para inspeccionar su alma sin rasgarla
o mancillarla mediante ritual alguno y aprender con ello. Hablando de sedes…
Quizá lo mío podría calificarse como sed
de conocimientos.
Siguiendo con el tema del conocimiento,
cuando Hay y yo estábamos en Francia, conocí a Babette, una señorita cambiante de
apariencia física tanto como yo de humor. Dicen que las máscaras cambian, pero los enmascarados siempre son los mismos. A lo que voy, el angelito me había
prohibido dar caza a los suyos, pero ello no implicaba seguimiento ni métodos de convención para que… bueno, hablaran.
Yo me hallaba siguiendo a un mandado de Dios cuando este entró en un cabaret.
Para que digan que los celestiales son buenos o no pecan… La cuestión es que me
vi forzado a seguirle y, para cubrir mi tapadera, me hice pasar por guardia de
seguridad. Coló, por supuesto, para todos, a excepción de la dueña: la ya
nombrada Babette. Esta me dejó cumplir mi trabajo pero, a cambio, debía pagarle
con horas de servicio. No sé por qué me la pasó: quizá le llamé la atención, o
a lo mejor fue puro utilitarismo y el saber aprovechar la ocasión. Fue de esta
manera como comencé a trabajar en el cabaret de segurata, y esto nos hizo
quedarnos en Europa a Hay y a mí más tiempo del previsto pero, ganando dinero,
conseguí reunir la suma suficiente como para comprar billetes decentes a Rusia
para viajar más rápido. Faltaba poco para ver de nuevo a Klay y Ginna… Quién
sabe cómo les iría a ese par.
Nota: S,
recuerda lo que te dijo el ángel del cabaret cuando utilizaste esos métodos tan
poco legales para que cantara. Ya sabes, el alcohol suele ser poco fiable y a
veces falla, pero ten en cuenta un nombre: Yuline H. Aizawa.
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