Una figura pasa a ocupar mi campo de visión.
¿Por qué lo sé? No porque en el Infierno se vea lo más mínimo, desde luego,
sino porque mis instintos más primitivos se disparan: alzo el hocico para
detectar su aroma y su característico olor a azufre, y mis ojos distinguen una
sombra algo más delineada y tangible que las demás. Su voz es de lo más
particular: afilada, hiriente, a la vez que atrayente. Ella… La oigo acercarse,
la noto tocarme.
—Ah, mein Hund…
Me estremezco. Un alma de su harén había
desaparecido. El resto de Amos, queriendo diversión y entretenimiento (cosa que
había que molestarse en buscar a diario: la eternidad era aburrida), jugaban
todos con todos y culpaban a los sabuesos de unos y otros. ¿Conclusión?
Enfados, riñas y despliegue de ira. El acuerdo al que habían llegado estaba
implícito: de puertas para afuera, todos protegían a sus súbditos, pero de
puertas para adentro se aprovechaban de ellos.
En el Infierno no se permitían errores. Todo
era caos, sí, pero reinaba el orden en el desorden. No se consentían fallos… No
se consentían. Sin embargo, un desliz lo puede cometer cualquiera. ¡Cualquiera!
Pero no todo Cualquiera obtenía un castigo como los que otorgaba Ama. Vamos,
solo se había perdido un alma. Una maldita alma. Ese error del que hablo ni
siquiera ha sido mío o de mi hermano… Pero es obvio que a aquel ser que se
digna a acariciarme mientras me sentencia no le importa lo más mínimo. Tampoco
es que yo fuera a delatar a ningún otro sabueso o fuera a salir una mísera
palabra de mis labios. Mis… Oh, expresión equivocada.
Fauces. Quería decir fauces.
Mi mirada ambarina se cruza con la de mi Ama,
único ser que podía mirarme más de tres veces seguidas a los ojos sin sufrir
las consecuencias que normalmente este hecho implicaba. Iset… Iset, así se
llamaba. ¿Cómo me llamo yo? ¿Acaso los siervos tienen nombre? ¿Acaso son
poseedores de algo? Ni siquiera de la facultad del habla, puesto que, ¿para qué
la necesitamos? Los amos juzgan, los perros somos juzgados. Nadie sabría jamás el
verdadero culpable de aquel crimen, pero que pagaran justos por pecadores no
era novedad alguna en aquel lugar que llamábamos hogar —término también
erróneo, puesto que, como ya he dicho, los sabuesos no poseemos nada en
absoluto—. Tan siquiera tenemos métodos ni denominaciones para distinguirnos.
Los sabuesos solo son… somos… parte de nuestro Amo. Yo era parte de Iset, al
igual que mi hermano. Ambos sabuesos éramos Iset, e Iset era nosotros. Por
separado éramos partes de un todo. ¿Juntos? Un todo completo.
Su mano acaricia mi hocico, cosa que no hace
sino aumentar mis ganas de ladear la cabeza repentinamente, cual cobra dando
caza a un apetitoso ratón, y llevarme su delicada mano por delante. Pero yo no
era mi hermano, aquel a quien más le costaba controlar sus instintos. Me pregunto
acerca de su paradero: su situación actual, me juego el pescuezo, no debe ser
muy distinta a la mía. Tuerzo el morro, un gruñido se atasca en mi garganta, y
dejo entrever mis afilados dientes al entreabrir las fauces, amenazante. No me
muevo, sin embargo. ¿Por qué? No porque esté paralizado por el miedo, en
absoluto, sino porque unos grilletes anclan mis cuatro patas al suelo cubierto
de hollín.
—Perro ladrador, poco mordedor… —recita la
mujer, con sorna. En realidad, no cabe sino apostar a que sabe que no voy a
dañarle. ¿Cómo rebelarse? ¿Cómo atacar aquella… mano… que nos daba de comer?
Sus dedos pasan a rascarme la oreja: aquel gesto podría llegar a ser placentero
de haber sido ejercido por cualquier otra persona. Aguardo, con los nervios a
flor de piel. ¿Qué espero? Lo peor.
Surca mi cuello, alza la mano surcada por
perceptibles venas sin apartarla de mi pelaje y pasa a mimar mi cabeza; baja
por la frente, se decanta por uno de los lados de mi rostro. El diestro. Sus
yemas peinan lo que podrían ser mis cejas y luego inician un descenso.
Calor.
¿Calor…?
Dolor.
Un gimoteo que deriva en un aullido
desgarrador brota de mi garganta ajada. Trato de revolverme, pero es inútil: la
mano libre de ella ya ha pasado a aferrar mi garganta y lucha por inmovilizarme.
No creo que haga falta decir que lo consigue. Una indeseada ceguera me azota
repentinamente.
—Shh…
Al tiempo que sus uñas envueltas en llamas
chamuscan mi pelaje y arañan en sentido descendente el párpado inferior de mis
ojos, Ama pasa a cantarme una canción. Acompaño su retahíla de palabras a mis
oídos sin sentido con gemidos y aullidos de lo más lastimeros, pero la agonía
no se acaba ahí: ya no es solo que la mano que me aprieta el gaznate haya
cobrado fuerza y me esté robando el aire, sino que la que taladra mi piel,
dibuja sobre ella y la hiere, pasa al otro lado del rostro y este sufre el
mismo y fogoso destino. Los arañazos duelen, los pulmones me arden por la falta
de aire, y las lágrimas hacen que la carne abierta escueza, aunque no por ello
las retengo. No puedo dar muestras de debilidad: no, al menos, ante ella. Doy
paso a calmar mis gritos, que se acallan a medida que la cantinela de mi acérrima
enemiga baja tanto de tono como de ritmo hasta que todo sonido muere
finalmente.
Las sombras se han cernido sobre mí. No veo
nada en absoluto, nada… Solo soy consciente de cuanto me rodea, y ello es
gracias al resto de mis sentidos. He caído al suelo, temblores involuntarios me
sacuden, y los grilletes me cortan el pellejo y me hacen daño. Ama se aleja
levemente. Elevo mi mirada, actualmente muerta, hacia el lugar en que la
presiento.
—… exhibe con orgullo la marca que te
identifica como mío…
Ya no hay excusa posible: Iset había roto las
normas al proclamarme suyo para que ningún otro Amo pueda beneficiarse de la no
identificación de los sabuesos del Infierno, y pagaría las consecuencias de su
gesto.
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